Durante la época en que me examinaba para obtener mi permiso de conducir, recuerdo que se insistía mucho en un dato: se tarda un segundo entero desde que se percibe un obstáculo hasta que se reacciona ante él. Más tarde he tenido ocasión de comprobarlo en los frenazos bruscos por retenciones, y situaciones parecidas.
Un viejo juego de niños muestra también este efecto de retardo: Pido a otra persona que sostenga un billete entre mis dedos, que quedan levemente separados a poca distancia del mismo. Sin previo aviso, la persona suelta el billete y yo trato de atraparlo, pero nunca lo consigo: el tiempo de reacción es demasiado grande y cuando cierro los dedos, el billete ya se ha deslizado hacia el suelo.
Lo intento una y otra vez, siempre con el mismo resultado; y me siento perplejo porque yo tengo la sensación de estar reaccionando instantáneamente, pero de todos modos el billete se me escapa. Intento ver el truco, qué me está engañando, si es que el billete es insustancial o es muy estrecho, pero al cabo tengo que reconocer que es mi propia conciencia la que me engaña: mi percepción va un segundo por detrás de la realidad, pero la conciencia me hace creer que ese retardo no existe.
Y claro, ese segundo es el tiempo que la conciencia tarda en estructurar la información percibida y representarla. Trato de pasar por encima de esto, acceder directamente a la percepción sin estructurar (lo único que necesito es un dato elemental, un bit de información), intento acelerar mis reflejos y compruebo que no es posible. El funcionamiento de la conciencia me es ineludible.
Aún es más: observo cómo, en mi esfuerzo por acelerar mi respuesta, me estoy dedicando a buscar señales, indicios de cuándo la persona enfrente de mi va a soltar el billete. Mi conciencia trata de suplir este retardo de respuesta anticipándose.
Este descubrimiento me golpea con fuerza. Me he dedicado varios días a observarme y he podido ver que continuamente me estoy anticipando a lo que ocurrirá. Alzo la mano para abrir la puerta antes de llegar; preparo mis dedos antes de escribir; me aclaro la voz antes de hablar; preparo los músculos antes de levantarme de la silla. Continuamente me anticipo (segundos, minutos, horas) a lo que ocurrirá. Y comprendo que esta es una función imprescindible de la conciencia para paliar sus propias carencias.
Descubro también, en esto, la base "biológica", la necesidad de las creencias.
martes, 14 de septiembre de 2010
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